
De aquella batalla de Glasgow mi padre suele hablarme de Panadero Díaz; un defensa con cara de boxeador y cuerpo de camionero que, como bien apuntaba su apodo, repartía panes, hostias sin consagrar y todo tipo de bollería casera. El tipo, que sabía que el escudo que ardía sobre su pecho estaba labrado a base de leyendas, se partió la cara por encontrar una final y, de tanto expresar su sentimiento terminó por perderse el evento porque a la UEFA le dio por ponerse seria y decir que tipos así no cabían en el fútbol.
Quizá adorar a Panadero sea una exageración porque la violencia injustificada no casa con los principales valores a pregonar. Pero más allá de la pierna fuerte, de los dientes apretados y del rictus de soldado cruzando el Mekong, conviene recordar que aquel equipo tenía un espíritu, unos valores y un objetivo. Jugaban por ellos, por el equipo y por la gente. Conviene no olvidar quienen fuimos para saber lo que queremos volver a ser.
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