
El brillo del fogonazo, el detalle del regate, la aceleración y las botas de oro que solamente interesan cuando se quiere, viven hoy sobre el nombre de dos jovenzuelos talentosos que cuentan con la fortuna mediática de pertenecer a la cantera del Real Madrid y el Barcelona. Jesé y Deulofeu son rápidos, brillantes, vistosos, plásticamente admirables, y por ello la función mediática se ha volcado en ellos porque, a una orilla o a otra de las líneas enemigas, a la prensa de ambas trincheras les interesa vender papel con dos nombres que dan esplendor a sus canteras.
Pero la verdad futbolística es otra. La verdad, la que habla de fútbol, nos cuenta que junto al balón siempre había un chico, que todas las jugadas nacían del número dieciséis, que todos los pases correctos salían de las botas de ese chaval moreno que flota en el campo con la elegancia de los centrocampistas buenos de toda la vida. Nadie habla de Oliver porque su camiseta no es completamente blanca, o porque junto a las rayas rojas, no tiene otras azules que le hagan parecer más divino. Pero aunque el rojiblanco ya no venda, aunque los goles vistan de otro color y aunque los flashes solamente se centren en el corazón del área, la verdad, cuando hablamos de fútbol, solamente tiene un color y es que para esto de jugar al fútbol, anoche no había un chico más dotado en el campo que Oliver Torres.
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