
Afirma nuestro querido presidente que, hasta hace poco, éramos un caos. Un caos como Marcelo Sosa, o como Kiki Mussampa, o como Fabiano Eller. Un caos como un equipo diseñado para que un artista dibuje él solito paisajes costumbristas, un caos como una defensa que no sabe achicar, como un centro del campo que no sabe construir, como un equipo que hace años se caracterizó por su contraataque y ahora, cada vez que recupera la pelota cuenta los segundos para volver a regalársela al rival.
Nuestro querido presidente, haciendo amigos, se ha dado una vuelta por una escuela keniata, para, una vez más, regalar una camiseta y soltar unos cuantos chascarrillos a sus amigos de la prensa. De camisetas regaladas, como sabe un rato, no ha querido decir mucho, a sus amigos, que saben más pero lo callan todo, les ha vuelto a dar un titular. Y a la afición, como cada semana, nos ha vuelto a dejar con cara de cabreo. Porque pasan los años, su ego se hace grande y el equipo se hace cada vez más pequeño.
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