
No ha sido así durante los últimos años. Desde que el gilismo fue confundiendo a la masa y de equipo respetado pasamos a convertirnos en chusma, desde que los comisionistas hicieron acto de presencia en el Calderón para buitrear cada verano y partirnos el corazón, desde que Gil Marín y Cerezo dan palos de ciego contra nuestras costillas, he aprendido a vivir en silencio, a rezar para evitar un nuevo ridículo y a bajar los brazos antes de tiempo.
Pero, con más malo que bueno, siempre había una pequeña roca a la que aferrarse en mitad del naufragio. Estuvo Torres, estuvo Agüero y ahora no hay nada. Me hundo en este mar de intranquilidad, en este océano tan desapacible, me ahogo llorando ante la mediocridad y no puedo decir que hay un motivo por el que fabricar un sueño de perfil bajo. No hay equipo, no hay ilusión, no hay voces contra la mentira. No hay nada.
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