martes, 8 de mayo de 2018

A ocho días de una final

A ocho días de una final dejamos que se filtren verdades, dejamos que nuestra estrella juegue al estrellado, que nuestro presidente juegue a las bufonadas y que los comunicados jueguen a ser serios cuando no son más que un anticipo de lo ya conocido.

A ocho días de una final surgen los rumores, aparecen las verdades y se anticipan los miedos. A ocho días de una final el equipo no sabe qué Griezmann encontrará y la afición no sabe que Griezmann jugará. A ocho días de una final el Barça anticipa un fichaje y los medios se lanzan, ávidos de noticia, a infectar una herida que supura pus y sangre.

A ocho días de una final nadie habla de la final, nadie habla del rival, nadie habla del equipo. A ocho días de una final no parece que haya final, ni siquiera que haya equipo. En un mundo globalizado por los dos de siempre, el resto, comparsa de sus caprichos, tienen que conformarse como postre de la comilona. Se servirán a Griezmann como entrante y mil rumores como segundo plato. Y todo esto, desviando la atención de lo realmente importante, a ocho días de una final.

Nos acordaremos de la lluvia

Cualquier de nosotros, por más que nos creamos ciudadanos inocentes en un mundo en contínua
reconstrucción, estamos expuestos los caprichos ajenos y a los intereses espurios. Aquellos que solamente favorecen a una minoría porque se han acordado mediante un apretón de manos sibilino y una promesa fehaciente.

El Atlético, por caprichos de una liga que, a día de hoy, está totalmente descafeinada, no podrá adelantar su partido de liga para tener un día más de preparación de cara a la final de la Europa League. Y no podrá hacerlo porque la institución, más allá de mirar por sus equipos, mira por su ombligo, porque se aferra a un contrato televisivo y se aferra a su propio interés. Papismo puro y duro. Y mientras, en nuestro país vecino, el Marsella si obtendrá ese favor porque, más allá del dinero, existe el sentido común.

No podemos servir a quien sirvió ni pedir a quien pidió. Tebas, antiguo picapleito de causas perdidas, ha ganado todos sus favores y ahora se sienta en la poltrona de la solemnidad. Ni un guiño, ni un gesto, ni una palabra. Gesto adusto y silencio estampa, el tipo sigue aumentando su negocio mientras ve como se evalúa su producto. Algún día, cuando sólo caigan sapos, nos acordaremos de la lluvia.

lunes, 7 de mayo de 2018

Sobrante de matanza

La motivación es es motor necesario para afrontar cualquier misión. Sin ella, sin esa dosis de entusiasmo que genera el hecho de una consecución, cualquier persona está destinada al fracaso porque, más allá del dolor, existe la conciencia. No hay éxito sin esfuerzo, no hay meta sin pasión.

El partido de ayer fue poco más que un sobrante de matanza. Fue algo así como una mosca cojonera en mitad de un calendario de sueños. Con una final a la vista, un objetivo logrado y una liga que ya ha marcado con sus muescas el devenir del equipo, los futbolistas salieron al campo a pasear y no obedecieron a esa máxima que dice que competir es siempre necesario aunque no quede un espacio para rubricar una parcela de gloria.

Pero ayer había niños en el campo. Y adultos. Gente que, probablemente, ayer fue la primera vez que fueron a ver a su equipo en su nuevo estadio. Siempre hay que pensar en la gente porque la gente es el motor del alma del club. Sin ellos y sin ese pensamiento de conciencia programada, cualquier equipo se convierte en un títere. Y el Atleti de ayer fue un muñeco de trapo en manos de un equipo normal.

viernes, 4 de mayo de 2018

La vieja guardia

El Atleti se reinventó diez veces, se obligó a convertirse en lo que era y también en lo que no quería ser. Bajó al suelo después de tocar el cielo, vendió parte de su patrimonio y hubo de ajustar piezas donde no encajaban. Abandonó el patrón de Tiago por obligación y no encontró el de Koke por indefinición. Y mientras Saúl seguía en una deriva de pierna fuerte, alma incansable y talento proporcional, tuvo que ser Gabi el que volviese a tomar el mando en una de las noches más memorables de la historia reciente.

Defensivamente, siempre fue un equipo más que fiable. Organización impecable, choque sin miedo, pierna noble y estructura compacta. Durante un tiempo estuvo intentando reorganizar su conducta, intentando dar paso a la savia nueva, intentando acoplar nuevas piezas e intentando restructurar su desorden con una nueva estética. Nada funcionó como antes, y mientras Savic, Giménez y Lucas seguían postulandose por convertirse en nombre de alineación de carrerilla, tuvo que ser Godín quien sujetase, una vez más, al equipo, en los peores momentos de su mejor noche.

Todo fue mucho más dramático en la parte de arriba. Desde que se marchó Costa, el Atlético buscó la directa con Mandzukic y la indirecta con Gameiro. Entre dos aguas, Fernando Torres seguía peleando en su parcela particular y Griezmann, mientras tanto, sujetaba los partidos gracias a su talento. Pero como nada funciona mejor que las viejas fórmulas, tuvo que regresar el brasileño para que el Atleti volviese a reconocerse a sí mismo. La vieja guardia, una vez más, nos ha puesto en una nueva final. Es la quinta final del Cholo, cuatro de ellas en Europa. Conviene recordarlo porque hay muchos que siguen pensando que este equipo puede dar aún más. Todo el mundo es susceptible de hacerlo, pero conviene mirar primero los mimbres antes de pararse a analizar los deméritos. Y el mérito de este equipo, agarrado una vez más a su vieja guardia, es, cuanto menos, encomiable.

miércoles, 2 de mayo de 2018

Exceso de emoción

El exceso de emoción puede conducir al éxtasis prematuro, las espectativas, cuanto más altas, más difíciles de cumplir, porque en cada compromiso ajeno encontramos un motivo para comprometernos con nosotros mismos, porque la misión, cuánto más alentadora, se convierte, peligrosamente, en más suicida.

Le convendría al Atleti disputar el partido a velocida de crucero. No dejarse llevar por el éxtasis, no precipitarse por el exceso de adrenalina, no caer en la trampa de la ansiedad. Antes del pitido inicial, con cero a cero, el equipo está clasificado. Desde luego que no debe caer en la inercia de meterse atrás y aguantar un resultado durante noventa minutos, porque del agobio ajeno no viven los corazones propios, pero recordemos que ocurrió en otras ocasiones, cuando al equipo se le exigió al máximo y terminó agobiado por la responsabilidad.

El Atleti es un equipo fiable y en eso debe basar su probabilidad de pase a la final. Pese a los conatos de irregularidad con los que ha despertado este año del hermoso sueño de la complacencia, aún sigue identificándose como ese competidor brutal capaz de devorar a los aprendices de domador. Convendría taponar a los cerebros del Arsenal y dejar que, ellos sólos, se vayan ahogando en su propia orilla. Porque a ellos sí les acucia la ansiedad y ellos sí conocen la angustia. Su calidad nos puede dar un disgusto, en su irregularidad debemos basar nuestras armas y alimentar, así, nuestras esperanzas.

viernes, 27 de abril de 2018

Un emotivo ejercicio de resistencia

El Atleti realizó ayer un emotivo ejercicio de resistencia. Durante una hora y media se reflejó de
nuevo en ese Atleti que todos reconocíamos. Durante un rato nos puso el corazón en la boca y le vimos resistir por encima de cualquier probabilidad porque, más allá del juego, un Atleti que compite es el único Atleti que podemos reconocer.

El partido, y con él, la eliminatoria, pudo terminar en desastre. No nos vayamos a dejar engañar ahora por el resultado. El Arsenal jugó más y jugó a lo que supo. Otra cosa es que delante tuviese un coloso que sabe manejar estas situaciones con la tranquilidad de un pistolero. Y aguantó, además, con la paciencia de un fajador. Esperó su momento, recibiendo directos, hasta que, de un gancho, mandó a su rival a la lona.

Y contó, además, con ese tipo que nos ha acostumbrado a los milagros vespertinos. Ayer atajó por alto y por bajo y, sobre todo, fue un gato feroz en las ocasiones más certeras. Le faltó un centímetro en el gol, pero no vamos a discutir a estas alturas por un centímetro cuando este tipo nos ha hecho volar cientos de metros más alto en cualquiera de nuestras aspiraciones.

La elimnatoria está de cara. Bonita en previsión pero incómoda en situación. El Arsenal tiene buenos futbolistas y puede montar dos contras letales por partido. Es irregular y, como los malos encajadores, tiene mandíbulas de cristal. En Madrid, en principio, jugará contra once y, además, contra sesenta mil tipos que se dejarán la garganta. No es un gran plan para pretender alcanzar una final. Pero no nos fiemos, el Atleti, para ganar, necesita competir como un animal salvaje. Solamente entonces tendrá sentido este emotivo ejercicio de resistencia.

jueves, 26 de abril de 2018

Irregularidad

Resulta curioso como los duelos, según la época en la que se den, tienen implícitos unos distintos matices en cuanto a la variabilidad. Durante años, el Atleti de Simeone fue el equipo más fiable del mundo más allá de los logros obtenidos. Todos sabían que su defensa era una roca, que su centro del campo era un campo de minas y que su delantera era una máquina de penalizar errores. Mientras duró la fiesta duró la alegría. Cuando los años pusieron clavos en las botas y una mochila de esfuerzo en los hombros, el equipo se cayó de arriba y, poco a poco, perdió la fiabilidad para convertirse en un tiro al aire.

Pero si existe un equipo acuciado por la irregularidad durante los últimos años, es el Arsenal. Wenger, quien en su día construyó una de las más bellas obras de arte futbolísticas, apura sus últimos partidos como entrenador gunner agarrado a una promesa que, en cierta manera, nunca dejó de cumplir. Amante de las transiciones rápidas, las diagonales y el fútbol de combinación, ha dejado, en cada temporada, media docena de grandes partidos salpicados, eso, sí con fiascos tan monumentales que han terminado por ponerle de cara a la pared.

No sabemos que partidos veremos esta noche porque no sabemos qué versiones veremos durante el transcurso del mismo. Al Arsenal inseguro atrás al Atleti le vendrá como anillo al dedo porque podrá explotar la espalda de la defensa y la debilidad de sus mediocentros. Eso sí, si el Atleti pretende vivir noventa minutos en su área, lo va a pasar francamente mal porque este Arsenal, debilidades aparte, tiene un talento descumunal de tres cuartos para arriba. Y no es buena idea llamar al lobo en mitad del monte.

miércoles, 25 de abril de 2018

A los mejores hay que pagarlos

En este mundo globalizado en el que entre todos hemos ayudado a reventar la burbuja y a disparar las
pasiones, el futbolista se ha convertido en ese ser endiosado que, de una manera u otra, es capaz de hacernos dibujar sonrisas o expresar el más amargo rictus de dolor. En este fútbol de hoy, mercantilizado hasta la médula, no es más feliz el que más logra en el terreno, sino el que más gana fuera de él, porque en la competencia por el palmarés, se ha instaurado una competencia, lícita pero ávara, por tener una cuenta corriente cada vez más abundante.

Jeques y magnates acechan. Los representantes, portadores de promesas y falsos curanderos de la realidad, se acercan al oído de sus jugadores y les venden un cuento de la lechera donde el cántaro es de acero y la leche nunca termina derramada. Es normal. A todos, por más que nos sintamos los tipos más íntegros del mundo, nos puede la ambición. A todos, por más que imaginemos sueños imperfectos, nos llama, siempre, la oportunidad para hacernos mejores.

El sentimiento, ese que dicen que no se compra, solamente va ligado a los orígenes de la persona. Puedo imaginar cientos de futbolistas que siguen estremeciéndose con los devenires del equipo de su infancia. Pero no todos juegan en el equipo de su infancia. Y quienen no lo hacen tienen la lícita costumbre de querer mejorar tanto deportiva, como económicamente. Lo que sabe Oblak, además de que no es del Atleti de corazón, aunque sí de cabeza, es que es uno de los mejores jugadores del mundo. Y lo que sabemos los demás es que, para mantenerse en la élite no sirven las palabras sino los hechos. Y el hecho más refutable en este negocio de mil pasiones es que a los mejores, para mantenerlos, hay que pagarlos.

lunes, 23 de abril de 2018

Nos sobran los motivos

Dice el jefe que nos sobran los motivos. Que somos más modernos, que somos más ricos, que somos más grandes. Dice el jefe que somos la hostia y, mientras tanto, tenemos que observar, orgullosos de nuestra fe, como el Barça se lleva las ligas y el Madrid se lleva las Champions. Dice el jefe que nuestro crecimiento es exponencial, pero lo que olvida es que el crecimiento se llama Simeone y que lo suyo, además de trabajo, se llama milagro.

No dice el jefe si va a potenciar el equipo porque él prefiera hablar de cifras. Habla de ventas, de ingresos, de repercusión. Pero no habla el jefe de la deuda y de porqué un equipo que debería aspirarlo a todo se quedó en cuadro a mitad de temporada. No habla de los errores pasados, del TAS, de Costa, de Torres. No habla de Simeone como un santo sino como un empleado. No habla de la afición como un valor sino como un cliente.

Y se atribuye el jefe, además, un tanto que no le corresponde porque es incierto. Dice que sólo la época de los setenta es comparable a la actual. Yo diría que la actual es una gran época comparada con la basura que tragamos en la primera década del siglo, pero ¿Considerarla la mejor de la historia? Simeone, con su trabajo imperturbable, ha levantado siete títulos, pero el Atleti, antes de él, ya sumaba más de veinte. El Atleti de Madrid no es el Atleti de Gil. Es el Atleti centenario que un día, cuando creyó ser libre, fue secuestrado para siempre. Y aquí estamos, peleando contra el mundo con un entrenador que no deja de creer y teniendo que dar las gracias a una directiva que sólo le pone trabas.

Un nuevo rumbo

Durante un tiempo, justo el receso que se gestó mientras se mantuvo el sueño más hermoso, el Atleti se sentía como pez en el agua contra equipos que manejaban la pelota con soltura. Agazapado en tres cuartos, sabía desesperar al rival quien, harto de buscar espacios entre un muro de hormigón, terminaba por entregarse a la suerte y terminaba viendo como la suerte le era esquiva a golpe de zarpazos de realidad.

Durante un tiempo, mientras el Atleti competía y trazaba un plan viable, estos equipos llegaban cargados de ilusión y se marchaban con el orgullo herido. Fue un tiempo en el que el equipo tenía físico y piernas, sí, pero también tenía el suficiente fútbol como para confeccionar un plan ofensivo. Algunos no lo querían ver como algo vistoso, pero era de lo más eficaz. Y a nosotros, aquella eficacia nos gustaba porque veníamos de un tiempo de sombras donde no había planes ni finales felices.

Durante ese tiempo, el Atleti no creía poder verse avallasado por rivales como el Betis de Setién. El Betis, que concibe el fútbol como un concierto sinfónico, hizo bailar al Atleti al son de su sinfonía. Durante algún periodo del partido, hubo ramalazos de fe. Porque al Atleti aún le queda la fe, pero ha perdido el plan. El tiempo, que lo cura todo, será el único capaz de dictar sentencia a un equipo que navega entre el pasado y el futuro. Aquello fue bonito, pero estas aguas requieren un nuevo barco. Y no se trata sólo de remar hasta la extenuación, se trata de plegar velas y navegar a todo trapo. Alcanzar de nuevo la velocidad de crucero requiere la misma fe, pero, sobre todo, requiere de buenos futbolistas.

viernes, 20 de abril de 2018

Dimisión

Tengo un amigo demasiado crítico con el Barça. Como uno de esos apasionados del juego que se dan cuenta de que el corazón no siempre elige bien a la primera, cambió de bando en edad adulta y se lanzó a los brazos de un tipo pequeño y arrollador con el diez en la espalda. Más allá de Messi, ha ido desgranando cada uno de los partidos del Barça hasta convertirse en el mayor adulador de sus victorias. Pero tras cada derrota, le queda una mueca de insatisfacción y siempre suele responderme con el mismo mensaje. "Cuando este equipo dimite, lo hace como nadie".

Yo le quiero hacer saber que no es cierto. Primero porque el fútbol es un compedio de circunstacias donde, siempre, hay dos equipos en liza de los cuales uno siempre lo hace mejor que el otro. Y lo segundo, que es dónde quiero llegar, que no hay equipo que dimita cuando lo hace como lo hace el Atleti.

Lo de anoche en Anoeta no es sino la reedición de ese clásico de los partidos de fuera de casa a los que nos hemos acostumbrado durante los últimos tiempos. El problema de adular victorias como la de Balaídos o el Villamarín es que, más allá del resultado, nos olvidamos del análisis. El Atleti ha hecho, esta temporada, una docena de partidos tan vergonzosos como el de ayer, la diferencia es que ayer el rival anotó las que tuvo y otros días fue nuestro portero el que nos evitó ese sentimiento tan incómodo que todos llamamos bochorno.

sábado, 4 de noviembre de 2017

El cholismo no debería ser esto

No es malo jugar con cuatro medios, lo malo es no tener la capacidad para manejar el juego, no ser capaz de robar una pelota en la zona ancha, recular ante la pérdida, no arriesgar en el pase profundo, no mover el árbol del desmarque, no sentir el dominio sobre el rival, no someter al contrario a la tiranía de la pelota, no poner en peligro la meta rival porque se ve tan lejos y tan pequeña que se toma como misión imposible.

No es malo sustituir a tu jugar estrella, lo malo es no tener un plan para conseguir que brille, no saber implicar su juego con los centrocampistas, no tener nadie en la banda con quien oxigenar el juego, no encontrar una referencia por delante con quien dibujar paredes, no encontrar el hueco en el que prometer un desmarque, no saber dónde está el fin porque siguen anclados en el principio.


No es malo ganar partidos, lo malo es creer que el plan funciona, que la victoria esconde los errores, que el tedio es necesario, que la pelota es innecesaria y que de dos centrales contundentes y dos laterales con oficio se puede vivir cerca de la élite. Es un error seguir creyendo que jugando mal se consiguen las metas, es un error caer en la trampa del resultado. Sería un error fatal seguir creyendo que el cholismo, simplemente, se reduce a esto.

jueves, 6 de julio de 2017

Mucho se habla, poco se dice

Mucho se habla sobre la sanción. Muchos son los que intentan dirimir las consecuencias, más los que
recurren al pataleo y otros tantos los que desinforman desviando la atención con rumores inconsecuentes y noticias prevalecientes aunque inocuas. Muchos son los que hablan pero pocos son los que dicen la verdad; que esta directiva, una vez más, ha vuelto a saltarse la norma, que ha dirigido el club como una casa de citas y que, cuando les han pillado con el carrito del helado, no han sido capaces de dar la cara para decir estas son las razones y estas las consecuencias.

Mucho se habla sobre la salida de Theo. Muchos son los que intentan acorralar al chaval con infundados argumentos, más los que muestras su recalcitrante odio hacia el enemigo y otros tantos los que tienden a arropar la pérdida vistiendo la operación con cifras y letras. Muchos son los que hablan pero pocos son los que dicen las verdad; que al club se le ha escapado un lateral para una década, que no han sabido agarrar la sartén sobre el mango y que, cuando han visto la partida perdida, han preferido cargar la mochila con el explosivo en la espalda del jugador en lugar de salir a la palestra y reconocer que lo han hecho tan mal con él que no le han quedado ganas de regresar a casa.

Mucho se habla sobre el futuro de Griezmann. Muchos son los que intentan borrar la verdad con un velo de mentira, más los que guardan la palabra para insultar en el futuro y otros tantos los que juegan a mirar hacia otro lado aún sabiendo que, más allá de las palabras, se encuentra un triste destino. Muchos son los que hablan, pero pocos son los que dicen la verdad; que se le ha renovado al alta en lo económico pero a la baja en lo bursátil, que el chico se va a marchar por la puerta de atrás mientras ellos cuentan millones y nos vuelven a contar el cuento de que los jugadores siempre juegan donde quieren y que, más allá de las patrañas, se encuentra una triste realidad y es que el Atleti, por hache o por be, no es capaz de mantener durante más de tres años a ninguna de sus estrellas.

miércoles, 10 de mayo de 2017

El orgullo

El orgullo no es una palabra barata. No es un complemento de usar y tirar ni un cerrojo contra el resentimiento. El orgullo no es una llamarada contra la demagogia ni un arma arrojadiza contra la rabia. El orgullo es un sentimiento que respalda al corazón y que alivia a la conciencia. El orgullo es saberse ganador en el duelo contra tu propio pesimismo y saber levantarte con la cabeza alta aún después de haber caído desde lo más alto.

El orgullo es una pierna fuerte en el medio del campo, una carrera apasionada junto a la banda, un centro al área entre un mar de piernas, un dribling en el borde del área, un gol de cabeza y otro de penalti y no desfallecer aunque te asesinen de cruel manera. Porque el orgullo no es morir sino vivir con las heridas. El orgullo no es llorar sino presumir de cicatrices.

El orgullo es una camiseta rojiblanca empapada en sudor. El orgullo es una lágrima y un aplauso, un cántico bajo la lluvia y una eliminación cobrada a precio de oro. El orgullo es regresar a casa con la sensación del trabajo bien hecho, llegar a la cama con la mirada encendida y soñar despierto con la próxima oportunidad. El orgullo es mirar abajo y ver a un señor de negro encendiendo la mecha. El orgullo es mirar arriba y saber que el cielo llora por nosotros aunque nosotros no lloremos hoy por nadie. El orgullo es esto; ser del Atleti. Saber que así se puede perder. Saber que perder así a veces también significa ganar.

martes, 28 de febrero de 2017

Un abismo a la espalda de Saúl

Hay un lugar donde el rival percute, machaca, juega, agobia, molesta, marca. Hay un lugar donde hay un vacío, donde hay espacio, balón, peligro. Hay un lugar donde Godín no llega y los laterales no alcanzan, donde acecha la muerte en forma de gol, donde sobrevuela la parca en forma de derrota. Hay un lugar donde no se conoce el movimiento ni se percibe la sombra.

Hay un espacio vacío en el centro de operaciones, hay un lugar sin sombra donde la claridad pone sobre la pista a los mediapuntas del equipo rival, hay un erial que echa de menos el arado de Tiago y la semilla de Augusto, hay un sitio inócuo sin especialista ni cerebro, con corazón pero sin pausa, con prisa pero sin palabra. Hay una situación cada diez minutos que nos pone el alma en la garganta porque somos capaces de comprobar, asombrados, como nos generan peligro por donde hasta hace poco tiempo eramos los tipos más fiables del mundo.

Hay una ausencia de mediocentro, hay un aumento en la edad de la plantilla, hay una mala planificación, hay una gran mala suerte con las lesiones, hay un agujero por el que se desangra el equipo, hay una sangría que no tiene venda, hay una herida que nos deja sin aire, hay una falta de aire que nos nubla los objetivos, hay una nube que nos impide soñar. Hay un abismo a la espalda de Saúl.

martes, 24 de enero de 2017

El doctor Atleti

El paciente en la camilla y el cloroformo en la mesa de operaciones. Cirugía precisa, un tipo que duerme y que, cuando quiere despertarse, ya no tiene costillas. Muchas veces, no lo queda ni dignidad. Así, sin enterarse, pierde las muelas y el hígado. Creyendo que puede no es capaz de mover un dedo porque realmente está en manos del doctor Atleti.

El doctor Atleti es ese que pone en práctica la Tiagología. El que duerme el juego, anula al rival y saca petróleo del despiste ajeno. El que mete el bisturí y analiza los corazones. El que no tiene piedad del enfermo, ni entiende de rutinas. El que se doctoró en la facultad del cholismo y pone en práctica métodos de pura medicina formativa. Ganar por KO. Ganar por consistencia.

Pero el doctor Atleti está de vacaciones. Cansado de tantas intervenciones a corazón abierto, de tantas guardias interminables y de tanta praxis en Gabigología y Kokelogía, ha decidido tomarse eso que llaman año sabático. Y en el quirófano del Manzanares le añoran, quieren volver a ver sangre, quieren volver a sentir la llamada del tipo que tiene inyectado un reguero de hiel en la mirada ¿Dónde estás, doctor Atleti?

El doctor Atleti hace tiempo que no practica circuncisiones a balón parado, hace tiempo que no pone apósitos en defensa, hace tiempo que no machaca músculos en el centro del campo y , sobre todo, hace tiempo que no esputa goles en el recipiente del equipo rival. Ese doctor sin compasión está durmiendo la siesta de los justos. Y todos seguimos esperando a que despierte porque seguramente, ese día, volverán a temblar los cimientos de este bendito sanatorio de corazones llamado Vicente Calderón.


martes, 22 de noviembre de 2016

La élite

La élite es ese lugar donde todos quieren ganarte. Donde el respeto se impone a base de poner el nombre, donde los futbolistas entran más fuerte, corren más rápido, donde los errores penalizan y donde los goles valen doble porque cuestan el doble de conseguir. La élite es ese lugar donde viven los aspirantes, donde perduran los campeones, donde los invitados han de sudar sangre para ganar el pan porque saben que siempre vivirán al borde de precipio. Un lugar donde la tensión se corta. Un lugar donde la presión obliga a respirar hasta por debajo del agua.

La élite es el lugar desde el que las derrotas saben a hiel, donde el rival te mira con asco y te celebra con arrogancia, donde perder el derecho a soñar duele el doble de lo normal porque los baños de realidad se convierten en duchas de ácido sulfúrico. La élite es el lugar donde el corazón late a doscientos por hora y el alma vuela más allá de los sueños. En la élite hay que ser constante, brillante, tenaz y persuasivo. La élite no concibe despistes, ni paga por sueños baratos. La élite te da una patada en el culo cuando decides perder la intensidad y se te queda cara de tonto, porque en el fondo sabes que tú mismo has sido el culpable de la desdicha.

La élite exige fútbol porque sobre su cielo vuelan los halcones del buen gusto. La élite exige carácter porque en suelo corretean las hormigas que devoran el cadáver del pusilánime. La élite exige cabeza porque en sus libros se cuentan historias de héroes y villanos, leyendas y epopeyas, luchas y derrotas. Pero, sobre todo, la élite, exige capacidad para regenerarse. Ninguna victoria es definitiva y ninguna derrota es el fin porque lo que hay que hacer es aprender de los errore y volver a levantarse con la cabeza alta. Y aunque el ánimo esté herido hay que saber volver a enfundarse la armadura y regresar al combate porque la élite, como Roma, no paga traidores y no admite cobardes.

lunes, 26 de septiembre de 2016

Tres puñales

En los años setenta se hizo famosa la delantera del Atlético formada por Ayala, Gárate y Becerra. Los tres eran una combinación letal de velocidad, precisión y desborde. Gracias a ellos el equipo fraguó un estilo de contragolpe tan efectivo que los equipos comenzaron a jugar con demasiadas precauciones para no dejar un sólo espacio por detrás. Daba igual, casi siempre encontraban una ocasión y casi siempre encontraban un gol.

Dicen que la historia siempre está condenada a repetirse. La mayoría de las veces para mal, porque el ser humano es ese ente estúpido que se condena a repetir errores una y otra vez, dando muestras de su inmortal estupidez. Pero existen ocasiones en que la historia se reedita de manera positiva para bien de los nostálgicos. Muchos de aquellos que hoy ven jugar a Griezmann, Gameiro y Carrasco, saben cerrar los ojos para evocar años de gloria. Década de los setenta, un contragolpe letal y tres tipos apodados los tres puñales.

Estos puñales de hoy son distintos a los de ayer en cuanto a los conceptos que la modernidad le ha añadido al fútbol. Aquella garra de Ayala, la elegancia de Gárate y el desborde loco de Becerra se han convertido en vértigo y precisión. Griezmann es el genio que flota en la media punta, Gameiro el suicida que vive al borde del fuera de juego y Carrasco el esprinter que siempre busca la línea de fondo. Con el concepto del contraataque como punto de partida, ambas delanteras se componen de elementos de leyenda. Aquella hizo carrera gloriosa en el nuevo estadio del Manzanares. Esta quiere despedir a lo grande nuestro viejo y glorioso estadio.

martes, 19 de julio de 2016

Las fases del duelo

Negación.

No puede ser. Otra vez no. Es imposible. Dos veces seguidas es demasiado cruel. Debe ser un sueño. Voy a despertar, seguro que cuando lo haga, Juanfran a marcado ese penalti y seguimos con vida. Seguro que cuando lo haga, Gabi estará levantando esa Copa y todas estas lágrimas habrán merecido la pena.

Ira.

Golpeo la pared con rabia. Pataleo. Intento ahogar un grito pero termino desgarrándome la garganta. No encuentro consuelo, no encuentro piedad. No me sirven las alabanzas, ni las palmadas en la espalda. Quisiera romper el mundo, salir corriendo y gritar en soledad. Al fin y al cabo, la frustración me impide ser un ser racional.

Negociación.

Busco un lugar para la reflexión. Me encojo ante el silencio. Lo que no tiene solución no tiene solución. Y duele. Pero hay que empezar de nuevo. Buscar de nuevo. Encontrar de nuevo. Fue una gran competición. Les ganamos a los mejores y ellos fueron pasando rondas contra las opciones más fáciles del bombo. Intento convencerme de algo. Intento convencerme de que el dolor no debe ser para tanto cuando sabes has entregado el alma.

Dolor.

Es difícil de entender. Más difícil de explicar. El corazón supura, el alma suspira. La garganta está muda y los dientes permanecen apretados. El recuerdo es dolorosamente imborrable, el momento fue emocionalmente insoportable. No podría repetirlo, aún así me encantaría volver al lugar e intentarlo de nuevo. Aunque el dolor que me mueve es tan intenso que el miedo se apodera de los sentimientos ¿Y si volviesemos a caer de la misma manera?

Aceptación.

Todo termina pasando y es cuando te das cuenta del hecho cuando valoras la situación. Perdimos, sí, pero lo hicimos luchando. No nos ganaron por la mano, lo tuvimos, lo rozamos, lo merecimos. Estuvimos ahí, en la pelea, en el momento álgido del año. Muchos quisieron llegar y nosotros fuimos protagonistas durante gran parte de la temporada. Eso es orgullo. Ese el camino por el que debemos seguir caminando. Volveremos. Debemos hacerlo.

martes, 24 de mayo de 2016

El corazón

El corazón es el único que conoce lo que sentimos. Es el único que nos acompaña en las duras y que nos deja tranquilos en las maduras. Sabe de nuestras lágrimas, de nuestros sueños, de nuestras esperanzas. Se ha sentado con nosotros en cada uno de los partidos desde que tenemos uso de razón y ha latido cada vez más fuerte porque sabe que nuestro ánimo está por encima de lo normal cuando es el Atleti el protagonista de nuestro presente. Nos ha mantenido allí, en pie, al borde del colapso, mientras hemos aguantado una tormenta y hemos representado un papel de iluso con coraza de cartón.

Si nos aguantó en las malas; el día del Colombino en la ida de cuartos de la Copa del Rey, el día del Albacete en el Calderón, los catorce años sin ganar un derbi, el descenso, el gilifato, Manzano, Aguirre, Ferrando... como no nos iba a aguantar en las buenas. Ahora late distinto, igual de apasionado, pero con un hilo de esperanza mayor al de entonces, cuando el desasosiego era nuestro pan de cada día y el pesimismo era el único pronóstico fiable antes de cada partido.

Este corazón late sano y fuerte, pero está muerto de miedo. Hay razones para ser optimista; la competitividad animal del equipo, la trayectoria en la Champions, el cambio de tendencia en los últimos derbis. Pero eso no impide que exista el miedo. Miedo al horror de Lisboa, a encontrar su sonrisa bobalicona tras la victoria, a volver a empezar algo que quizá no tenga más comienzos, a regresar a ese punto de desánimo que nos coloque en el lugar de los desdichados.

Este corazón late y late. Sueña y sueña. Tiene miedo, pero el miedo, al fin y al cabo, es una reacción lógica ante la esperanza.

Ahora mismo, tras cada latido, siento como me dice "Nunca dejes de creer". Intentaré obedecerle.