martes, 14 de abril de 2020

Mitos

La pandemia, como concepto letal, está terminando con la vida de miles de personas, de tal manera que, cuando todo esto termine, seremos muchos los que habremos dejado por el camino la vida de alguien conocido. Más allá de la afectividad, existen sentimientos tan tangibles como el amor y el cariño y que van ligados a nuestro ciclo vital en forma de afición, pasión y deseo. De esta forma, cualquier baja en el firmamento rojiblanco la consideramos como nuestra porque no son jugadores y entrenadores los que se van, sino, siempre, uno de los nuestros.

Peiró fue un interior izquierda de gran precisión y una calidad fuera de órbita. Le apodaron el galgo porque, flacucho y veloz, era capaz de desactivar cualquier defensa con su habilidad, suyos fueron los goles que derrotaron al Madrid en las primeras Copas de España ganada por el Atleti y suyo fue el primer gran traspaso mediático de un club que, durante muchas etapas de su vida, se vio obligado a echar el cierre a su ilusión para poder mantener el pie el chiringuito.

Capón fue un lateral izquierdo de gran coraje y corazón, símbolo de himno y escudo, le tocó la difícil papeleta de suplir al gran Isacio Calleja y cumplió con los honores que su ímpetu prometía. Su carácter y su empeño le llevaron a cumplir con solvencia en otros puestos de riesgo, como el centro de la defensa y el medio del campo. Jugó nueve temporadas en el Atleti, coincidiendo con los gloriosos años setenta en la que se ganaron tres ligas y dos copas, amén de la Intercontinental. Un tipo que se ganó un homenaje y se ganó el corazón de toda una hinchada.

Miguel Jones fue un extremo derecho con tendencia al regate y al rococó, discutido muchas veces, indiscutible otras tantas, formó parte de un equipo que ganó una liga, tres copas y la Recopa con alineaciones de carrerilla que incluían a Jones y Collar en los extremos. El negrito del que hablaba Luis era un tipo peculiar, flacucho y hábil, que buscaba el regate y el centro y encontraba el aplauso y el remiendo. Decían que se regateaba a sí mismo y escuchaba silbidos. Después, regateaba al rival y encontraba al Metropolitano puesto en pie. Así como los buenos toreros.

Radomir Antic fue el tipo que nos devolvió la felicidad. Durante los años oscuros del gilismo, cuando los proyectos se fundían y Koseckis y Rochas ocupaban fichas de extranjero al tiempo que los nacionales pasaban de largo sin capacidad para ganarse una parcela de cariño, el tipo serbio, con pasado madridista, llegó para enseñar a muchos a jugar al fútbol y para enseñar a otros a ganar. Se trajo a Pantic y con él llegó el milagro de los panes y los peces. Se labró el fútbol, se hilvanó la estrategia y se ganó un doblete. Imposible olvidar la felicidad del año en el vivimos peligrosamente.

Se marcharon cuatro personas que, rojiblanco mediante, se convirtieron en mitos. La pandemia está haciendo estragos en las familias y nos está permitiendo conocernos a nosotros mismos y a conocer la historia de nuestros antepasados. El Atleti ha perdido a cuatro leyendas, cuatro referentes de épocas pasadas que nos pusieron en lo más alto del pedestal. Aprender de ellos es aprender a defender unos colores que, como dijo el genio, son nuestra forma de ser.

viernes, 3 de abril de 2020

La primera exhibición

El nuevo Atleti, personificado en la persona de Diego Simeone, aquel que recuperó el espíritu de la osa y el madroño, aquel que nos hizo volver a saber el valor de la camiseta, empezó a cuajar mediada la temporada 2011-2012 después de un comienzo horrible y unas primeras bases esperanzadoras. Alcanzado el final del invierno, el Atleti empezó a caer, pero ya había hecho lo más importante: uno, hacer creer a su hinchada que allí había un comienzo; dos, hacer creer a los jugadores que allí había un proyecto.

Llegada la primavera, el equipo tenía alguna opción de alcanzar el cuarto lugar y, sobre todo, estaba más que vivo en la Europa League, competición en la que había puesto todas sus esperanzas. Todo había sido bonito hasta entonces en la competición europea y, de repente, como en 2010 nos volvió a tocar el Valencia, esta vez en semifinales.

Lo que vino fue un partido tan espectacular como inolvidable. Diego Ribas en plan mandón, Arda Turan en plan reivindicativo, Gabi como un líder insondable y Adrián López como un genio en ciernes. El gol del Asturiano, mediado el segundo tiempo, fue la consagración de un tipo que, en su año de gracia, supo poner en pie el Calderón como hacía tiempo que nadie lo hacía. Aquello era el principio de un sueño, el principio de una época que situó al club en lo más alto del escalafón continental. Después vinieron más noches grandes, tantas que hasta nos terminamos acostumbrando.


martes, 31 de marzo de 2020

El día que descubrimos a Futre

Nos quitaron a Hugo y nos quitaron a Llorente, nos quitaron el gol y nos quitaron el orgullo. No quedaban más que cenizas después de derrotas y la burla constante de quien se sabe superior. Seguían ganando y nosotros seguíamos peleando nuestra parcela de fe, nuestra manera de hacerle saber al corazón que queríamos seguir latiendo. Que queríamos seguir viviendo.

Y aquella búsqueda constante de la identidad llegó Futre al Bernabéu en una tarde lluviosa. Una de aquellas tardes en las que el invierno castigaba Madrid y el barro se convertía en el jugador número doce. Menotti en el banquillo, un equipazo en la grada y un portugués bajándose al lodo para demostrarle al mundo que el Atleti había encontrado a un nuevo ídolo.

Aquel equipo, como los posteriores, terminaron siendo cercenados por la política suicida de Jesús Gil, por esa avaricia personal que le llevó a utilizar el Atleti para su beneficio personal. Pero, durante unas semanas, nada nos quitó la sonrisa, porque aquel cero a cuatro en el Bernabéu ante un equipo que se creía el ombligo del mundo, nos hizo reencontrarnos con el equipo del que siempre quisimos ser. No el frustrado que habíamos tenido antes, no el acomplejado que vendría después. Aquel equipo de Futre era el equipo de todos.

miércoles, 25 de marzo de 2020

Recuerdos

Nos están mostrando, casi de manera obsesiva, durante estos días, los canales de televisión, aquellos partidos antiguos que, por una cosa u otra, el programador cree que marcaron a un generación. A mí me marca el Atleti, particularmente, y por ello vi el otro día la final de Copa del noventa y seis, prórroga incluída, pero no pienso ver ningún partido del vecino porque todo lo que programan son victorias y ya bastante hube de digerirlas en su vida como para tener que volver a aquellos vómitos no programados.

Además de los programadores de televisión, todos tenemos nuestra particular memoria deportiva. Mi primer Atleti tenía a Navarro de portero y a Rubio de extremo izquierdo. Recuerdo que me enganché tanto con Hugo Sánchez que obligué a mi madre a coserme número nueve en mi camiseta del Atleti. Cuando el mexicano se fue al Madrid, juré no volver a tener un ídolo nunca más, pero hubo un portugués que me lo puso tan difícil que volvió a hacerme llorar el día que fichó por el Benfica.

A ese portugués está ligado uno de los dos goles que más fuerte he cantado en mi vida. Es aquel que le marcó a Buyo en la final de Copa, como todos imaginan. Porque cobraba una afrenta, porque exorcizaba mil demonios, porque daba paz en el alma. El otro es aquel de Forlán al Fulham, porque significaba el principio del fin de una época muy oscura, porque, por fin, el Atleti volvía a levantar una copa después de una década caminando por el infierno.

Todos tenemos nuestro mejor recuerdo y el Atleti, a pesar de habernos hecho mucho de sufrir, de habernos cabreado mucho, de habernos hecho arrepentirnos, por momentos, de habernos gustado el fútbol, también nos ha regalado momentos maravillosos que nos reconcilian con él. Si esta cuarentena dura mucho, igual me animo, algún día, a ir recordando aquellos partidos que, para mí, han sido totalmente inolvidables.

viernes, 20 de marzo de 2020

Cuarentena

De repente el fútbol dejó de ser importante, de momento el rojo y el blanco se fundió en el negro de la preocupación, los mensajes de gol se convirtieron en mensajes de ánimo y los recuerdos quedaron en bonitas sonrisas para combatirle a la seriedad del presente. De repente, el Atleti siguió siendo un amor, pero se convirtió sólo en la más importante de las cosas menos importante.

De repente nos volvimos a mirar a nosotros mismos, a buscar en nuestro interior, a valorar lo que valen los silencios, las palabras, los abrazos perdidos, los abrazos prometidos. Aquellas veces que hubieses querido ver el partido con tu padre pero preferiste quedarte en casa, aquel viaje a Eibar en el que no quisiste ir con tu hermano y que hoy firmarías con los ojos cerrados, aquella final sin amigos porque no querías escuchar los gritos de un vikingo junto a tus oídos.

De repente nos quedamos solos y nos quedó el Atleti. Añoramos a nuestra gente, nuestras cervezas en el barrio, nuestras carreras en bicicleta, nuestras partidas de pocha, nuestros paseos por la montaña, añoramos las pequeñas cosas de la vida y, entre ellas, nos quedó el Atleti. Y recurrimos a Youtube para rememorar las carreras de Futre, los disparos de Forlán y aquella celebración de Torres después de marcarla al Madrid por primera vez. Porque la vida son detalles, recuerdos, momentos y cosas a las que no damos importancia pero que son trascendentales. Y en nuestra vida está el Atleti. En el día a día, en la cotidianeidad y en la cuarentena.

lunes, 16 de marzo de 2020

Liverpool

Liverpool fue una imprudencia, pero una llamada al corazón. Un deber pasional y una irresponsabilidad personal. Un viaje marcado por la prudencia y un abrazo colectivo marcado por la imprudencia. Son muchos los que me dicen que no hice bien viajando, que debería haberme quedado en casa, pero son muy pocos los que entienden que esta bendita locura te agarra el corazón y no lo suelta hasta que te mata.

Liverpool fue una salvajada, una experiencia inolvidable, una historia para contar a los nietos, una hazaña que pasará de generación en generación cuando unos les cuenten a otros que un hubo un equipo que resistió al mejor ataque del mundo a base de suerte, paradas del portero y ese coraje y corazón que tan enfáticos se muestran en el himno.

Liverpool fue un madrugón con gusto, dos enlaces de avión y una hora en tren desde Manchester, fue unas pintas en The Cavern y The Albert, fueron fotos junto a John Lennon y Bill Shankly, fue una previa llena de cánticos y un calor en la grada con el que no se podía perder aunque se perdiese, fue una tormenta en el cielo y un relámpago en el alma, fue un alborozo general y fue, sobre todo, la confirmación de que el Atleti, gane o pierda, está por encima de todas las cosas.

lunes, 9 de marzo de 2020

Falta lo más importante

Falta intensidad. En eso estamos todos de acuerdo. El equipo no muerde como antaño, no cierra filas como sabía, no hace esa presión asfixiante en el medio que convertía la medular en un campo de pirañas. El jugador rival, normalmente, tiene tres metros para conducir y tres segundos para pensar, no hay una pierna cerca, no siente el aliento en el cogote, no tiene miedo a decidir porque cuando quiere tener miedo el balón ya está lejos de sus pies.

Falta juego. En eso estamos más de acuerdo aún. Al equipo le cuesta horrores generar una contra aprovechable, cuesta más aún dar tres pases seguidos en zona de peligro, no encuentra el pase entre líneas y, mucho menos, encuentra el pase definitivo que deje al delantero de cara a gol. Cuesta mucho generar porque no hay un patrón en el medio que fije a los conductores y dé seguridad a los defensores. Por ello se pierden tantos balones y por ello, cuando se hace, cuesta tanto volverlo a recuperar.

Pero si algo que falta realmente es gol y eso es lo más importante. Vale que el equipo ha perdido intensidad y juego pero si hay algo que ha perdido de verdad es confianza y la confianza pasa exclusivamente por ganar, pero para ganar hay que marcar. El Atleti no llega mucho pero cuando llega lo falla casi todo. En una liga tan pobre de los dos de arriba me cuesta no pensar en más de media docena de partidos en los que nos hemos ido a casa con empate o derrota y, sin embargo, hemos fallado goles claros que nos hubiesen mantenido en posición de privilegio. Por ellos sin intensidad, sin juego y, sobre todo, sin gol, va a ser muy difícil cumplir los objetivos esta temporada. Va a ser muy difícil poder seguir soñando con esas empresas a las que un día nos dijeron que podíamos alcanzar.

viernes, 6 de marzo de 2020

Importantísimo

Sé que soy muy pesado, que insisto mucho, que parece que desprecio lo demás y no es así, pero vuelvo a dejar muy claro que lo que importa, de verdad, es asegurar la participación en la Champions del año que viene antes de centrarnos en llegar lo más lejos posible en esta. Porque claro que quiero ganar la Champions ¿Quién no quiere? Pero soy consciente de lo difícil que es y soy consciente de que es más fácil ganarla desde el crecimiento que desde el milagro y no hay mayor manera de crecer en este fútbol moderno que el de tener dinero y no hay mejor manera de obtener dinero que la de jugar la Champions un año tras otro.

Y para ello hay que tomarse muy en serio el partido contra el Sevilla, porque es importantísimo. Importantísimo por que el rival está por delante y si nos gana nos dejará la tercera plaza verdaderamente difícil, importantísimo porque si no ganas al Sevilla los ánimos para afrontar futuros retos no serán los mejores e importantísimo porque, de no ganar, dejas claro al resto del campeonato que has dejado de ser esa alternativa a la que se tenía un cierto respeto.

Por ello hay que olvidarse de Anfield y pensar sólo en el Sevilla. Anfield, si procede, ya llegará el lunes, cuando los rescoldos del partido del domingo ya se hayan apagado, cuando hayamos asegurado, desde el resultado, que seguimos en la brecha y que el equipo sigue sabiendo competir por el día a día. Porque sí, sé que soy muy pesado, que insisto mucho, que parece que desprecio lo demás, pero la liga es la vida.

viernes, 28 de febrero de 2020

Vamos a lo que vamos

Como bien dijo nuestro gurú, el mantra debe ser el de ir partido a partido. Sin descentrarse, sin mirar más allá, sin preocuparse por lo que ocurrirá el lunes porque nuestra cabeza sólo vive en el domigo. Porque hay que aprovechar la buena dinámica, hay que seguir en el optimismo y es necesario que el equipo se encuentre de una vez por todas porque hasta ahora sólo ha encontrado un reguero de dudas con pocas certezas.

Porque nos espera un campo de esos que se nos da mal de narices, porque el rival tiene muchas necesidades y sabe que jugar con nuestros nervios puede ser una buena manera de afrontar el juego, porque si dejamos que se metan en el partido, que nos empujen al área, que nos corten el juego en el medio, los nuestros tienen tendencia a la desconexión y es posible que el partido se convierta en la misma desidia de siempre.

Por eso vamos a tener la cabeza en el Espanyol, porque nuestra verdadera misión no es la de pasar de ronda en esta edición de la Champions sino la de disputar la edición del año que viene, porque Sevilla, Getafe y Real Sociedad están apretando la disputa y no podemos permitirnos despistes. Porque el buen juego contra el Villarreal necesita ser refrendado. Porque la liga, como todos sabemos, es la vida. Así que vamos a lo que vamos.

jueves, 20 de febrero de 2020

Pido perdón

Pido perdón por ser hincha de mi equipo, por alegrarme cuando gana, por sentirme orgulloso cuando compite, por darme igual los títulos porque me importan más los colores, porque celebrar un triunfo sea una consecuencia y nunca una causa, por haberme acostado feliz tras el partidazo del Atleti el martes frente al Liverpool.

Pido perdón por no menospreciar al Liverpool, por saber que si no tiro a puerta fue por mérito de mi equipo y por demérito de un equipo que, durante muchos minutos, nos acogotó en el área porque son muy buenos. Porque siguen siendo el mejor equipo del mundo y por ello estamos contentos, porque ganar a los mejores siempre da satisfacción, porque ganar a los mejores siempre es motivo de orgullo.

Pido perdón por ser un perdedor sin Champions en mi palmarés, por no querer a un equipo por el hecho exclusivo de que gane, por ser consciente de que el Liverpool nos puede pintar la cara en el partido de vuelta, por organizar un viaje a Anfield aun sabiendo que nos pueden remontar porque mi dinero lo gasto en el Atleti y no en el resultado. Pido perdón por sentir. Pido perdón por no ser un puñetero superficial.

martes, 18 de febrero de 2020

Volvemos a ser David

Recuerdo la primera vez que nos clasificamos para disputar la Champions League tras aquella del doblete y el gol de Dani que me hizo estampar un walkman contra el suelo. Recuerdo estar en el Calderón escuchando la sintonía de la Champions por vez primera después de una tarde de cervezas y risas con varios aficionados españoles del Liverpool. Recuerdo que aquel día nos enfrentábamos a un equipo que había jugado dos finales de la competición y que partían como favorito en las apuestas como posible ganador. Aquel día, ellos eran Goliath y nosotros David. Doce años después, volvemos a serlo.

Aquel era el Liverpool de Benítez; sobrio, directo, sin resquicios, sin concesiones. El nuestro era el Atleti de Aguirre; dudoso, timorato, acomplejado, lleno de defectos. Esto es el Liverpool de Klopp; espectacular, veloz, concreto, casi invencible. Y el nuestro es el Atleti de Simeone; antaño un dechado de virtudes y ahora un equipo a medio camino entre lo que fue y lo que quiere llegar a ser. Y hay dudas, hay temor, hay complejos y hay defectos. Y eso nos puede matar. Eso nos puede hacer claudicar.

Pero si hay algo que tiene este Atleti del Cholo que no tenía el de Aguirre, es orgullo. Y también vergüenza. Y sabe que puede ser David, pero que tiene la honda en la mano y va a tirar a matar. Nos pueden ganar, incluso masacrar, pero somos el Atlético de Madrid, una familia que ya no sabe rendirse, una pasión que ya no sabe dejar de creer. Nos enfrentamos a Goliath y no sabemos como vencerle, pero sí sabemos cómo intentarlo.

jueves, 13 de febrero de 2020

No quiero dudar

Quisiera no dudar porque el equipo, generalmente, y desde que está El Cholo, ha dado la cara. Muchas veces se la ha partido y otras tantas ha salido airoso de envites que parecían imposibles. Quisiera no dudar porque, como dijo un día el míster "Los míos, a morir mueren", porque aquel ejército de Pancho Villa que intentaba luchar contra el mundo fue un ejemplo de sincera pasión y hoy son los rescoldos de aquello los que deben alimentar el espíritu de lucha de una plantilla que se ha quedado a medio camino entre la fuerza y la estética.

Quisiera no dudar porque hay un capitán en la nave que tiene carácter y conoce el mar de fondo, quisiera no dudar porque otras veces que he dudado me ha tapado la boca, porque otras veces que he sido pesimista he terminado sonriendo, porque se ha empeñado en que enterremos el pasado por más que el pasado regrese una y otra vez a nuestras conciencias cada vez que un reto importante se cruza en nuestro camino.

Pero dudo. Lo siento pero dudo. Dudo porque ya no veo al equipo morder, porque ya no veo al equipo marcar, porque ya no veo al equipo sacar adelante partidos importantes. Porque cada vez que un futbolista del equipo rival tiene la pelota cuenta con cinco metros de libertad para pensar el pase, porque corremos detrás del balón como pollos sin cabeza, porque no ganamos ni un rechace, porque no dominamos las segundas jugadas, porque nos hemos convertido en una pantomima en el juego aéreo. No quiero dudar y dudo. Dudo porque vamos a Mestalla y dudo porque después viene el Liverpool, porque el drama de hoy puede ser la tragedia de mañana. Dudo porque no quiero dudar y porque quiero que me vuelvan a callar la boca. Y dudo que lo consigan.

jueves, 6 de febrero de 2020

Así no se puede

Se puede tener toda la ilusión del mundo, se puede trabajar con ímpetu, con ganas, con esperanza de alcanzar la gloria. Puedes reforzar tu disgusto y decir que quieres ir partido a partido, victoria a victoria, final a final, puedes reforzar tus teorías e intentar llevar tu sistema a la práctica, pero si cada vez que tienes una ocasión clara de gol, tus delanteros la fallan, pues claro, así no se puede.

Puedes intentar reforzar tu plantilla, establecer un orden jerárquico, mirar hacia adelante con tipos que compran tu discurso y lo venden, al mismo tiempo, a los demás, ir a la guerra con un ejército de indios convencidos de que la misión es morir matando, recuperar el espíritu del escudo a base de coraje y corazón, pero si cada año se te va un capitán o te venden a tus mejores jugadores, pues claro, así no se puede.

Puedes diseñar una pretemporada perfecta, con dobles sesiones, ejercicios de refuerzo y tonificaciones musculares, puedes dosificar a los jugadores después de viajes interminables, preparar al equipo para la exigencia, saber en qué tramos te vas a jugar las lentejas y a partir de qué momento has de tener a todos enchufados, pero si cada semana, si cada puñetero día, uno de tus jugadores se lesiona, pues claro que no; así no se puede.

domingo, 2 de febrero de 2020

Como antiguamente

Cuando empecé este blog, hace ya nueve años, el equipo iba en picado y sin paracaídas. Entonces, ilusionado por el futuro, aunque devastado por el presente, decidí titularlo "Volveremos" porque tenía la esperanza de que el equipo, alguna vez, volviese a estar de acuerdo con su historia y con su exigencia y regresase a la élite. Y regresó. Vaya si regresó.

Aquel equipo no tenía juego ni personalidad, en cada derbi se bajaba los pantalones y dejaba que le ultrajasen, no tenía objetivos más allá de ahogarse en su propia ignominia y daba cuatro de arena por cada una de cal. Fue entonces cuando llegó nuestro mesías y le dijo a ese grupo de chavales que eran mejores de lo que creían, que podían competir de tú a tú con los mejores y que dejasen a un lado la vergüenza para abrazarse a la exigencia. Hace ocho años nació uno de los equipos más competitivos de la historia.

Pero ahora estamos regresando, poco a poco, a aquellos tiempos en los que nos atacaba la desidia y nos acompañaba el desencanto. Como antiguamente, hay jugadores que no dan el tipo. Como antiguamente, hay un equipo plagado de nombres sin capacidad para ser un hombre. Como antiguamente, la plantilla se queda corta e incapaz. Como antiguamente, las dudas son más asfixiantes que las certezas. Y, como antiguamente, el Madrid nos ha vuelto a ganar un derbi en su campo. Mucho tiene que espabilar el equipo para que esto no se convierta en un constante "como antiguamente".

martes, 28 de enero de 2020

Depresión

El cambio de este equipo ha sido tan evidente que hasta lo que parecía imposible ha sucedido: el equipo ha caído en depresión. Si durante años demostró una capacidad de superación admirable así como una resistencia a pruebas de bombas ante las derrotas, ha tenido que venir una simple derrota por penaltis en la final del torneo menos importante cualitativamente, para que se hayan venido abajo, para que todos los muchos vicios hayan salido a tapar las pocas virtudes y se hayan despeñado por el precipicio de la nada.

Porque en el partido ante el Leganés, el equipo se pareció más que nunca al Atleti precholo que ni sabía jugar ni sabía competir. Atenazado por el miedo a perder y carcomido por las dudas entre ser o no ser, se dejó dominar por un equipo es descenso, sin ser capaz ya no sólo de dar tres pases seguidos, sino de presionar con un mínimo orden la salida del equipo rival.

Porque si algo ha ganado el Atleti con las últimas derrotas es miedo y si algo ha perdido con el miedo es la identidad. No le pudieron dos derrotas in extremis en la final de las finales, no le pudo la ansiedad de verse acosado en Barcelona, en Munich o en Londres, pero le ha podido una tanda de penaltis en la Supercopa. Deprimido, alicaído, temeroso y aturdido, el Atleti está en la lona y se encamina hacia el K.O. definitivo.


jueves, 23 de enero de 2020

No me fío

No me fío, lo siento. No me fío porque no veo al equipo centrado en su plan de ejecución, porque juega con más miedo que vergüenza, con más dudas que certezas, con más impulsos que lucidez. No me fío porque el partido es un marrón, porque David sueña con demoler a Goliat, porque hará frío, será un campo hostil y porque el Atleti se le da horrorosamente el mes de enero.

Y no me fío porque no juega Oblak, porque Adán no tiene ritmo de competición, no tiene portería encima y ya sabemos cómo nos ha ido históricamente en Copa cuando hemos jugado con el portero suplente. Todos recordamos los tres goles en tres disparos del Girona, los dos contragolpes que culminó el Sevilla o todos aquellos partidos en campos de Segunda B en los que sufrimos como perros.

Y no me fío porque al Atleti se le ha olvidado sufrir como un perro, ya no se siente cómodo en el bloque bajo y sigue indefiniéndose como un equipo que quiere hacer lo que no puede o no puede hacer lo que quiere. Porque aquellos partidos en campos de Segunda B tenían el amparo de un partido de vuelta, se jugaba con red y con cierta seguridad. Pero hoy no, hoy se jugará la vida en un campo de minas y, mira que me molesta decirlo, al Atleti, hoy, al de Eibar, Valladolid o Granada, ya no le gusta ir a la guerra.

lunes, 20 de enero de 2020

La duda

La duda es un territorio hostil, es el peor lugar para recibir al enemigo, es la peor manera de afrontar un reto porque cuando dudas no decides y cuando otros deciden por ti te ves abocado a una persecución de sombras. La duda es un oportunidad perdida y un pozo sin fondo del que sólo se sale con decisión y un plan bien ejecutado, pero ¿Dónde está ese plan?

Porque el Atleti, o no tiene plan o no parece tenerlo. Pasa a perseguir jugadores del Barça sin capacidad de reacción durante setenta minutos, a competirle toda una final al Real Madrid con la dosis de ilusión que ello genera. Y, pasada la euforia, se presenta en Eibar y sale con mil dudas y once futbolistas. Resultado, derrota.

¿Y en qué situación queda ahora? Un año más, y van unos cuantos seguidos, el Atleti queda en tierra de nadie en liga, obligado a sufrir como un perro para mantener el tercer puesto y viendo como, un año más, no puede sentarse en la mesa de los poderosos. Los restos del pastel, repartido entre unos cuantos, serán devorados con ahínco y mientras ellos pasean orgullosos su músculo, nosotros tendremos que mirarlos otra vez desde abajo ¿Es o no motivo para seguir dudando?

jueves, 16 de enero de 2020

La identidad

La identidad del equipo es competir. La identidad es ser intenso, no vivir entre dos aguas ni leer con medias tintas, no dudar, no buscarse sino encontrarse, no perseguir sombras sino piernas, no disputar tiros al aire sino pelotas divididas. Cuando al equipo le sale la identidad le sale el juego.

Y cuando le sale el juego, a nosotros nos sale la identificación. Vale que no es un juego de trenza y paseíllo, vale que no es un anexo a ese tiki taka que quieren imponer como biblia y lugar de redención, pero es lo suficientemente loable como para hacernos sentir orgullosos, lo suficientemente cholista como para hacernos sentir ilusionados.

Porque el equipo, de repente, se volvió reconocible ante el Madrid. Juntó líneas, se hizo solidario y atacó con cabeza y convicción, sabiendo que al rival no se le podían hacer concesiones y sabiendo que los motores del rival necesitaban de la gasolina del balón para poder funcionar. Nos ganaron, pero sólo lo hicieron en los penaltis. Celebraron, pero yo, en mi fuero interno, celebré más la derrota por las sensaciones adquiridas, que la victoria en semifinales pese a la euforia desatada.

viernes, 10 de enero de 2020

Que la mentira no esconda la verdad

No fue mentira el resultado, ni la clasificación, ni la euforia, ni la probabilidad de aspirar a un título. No fue mentira la realidad porque lo que todos vimos es inconfundible y, sobre todo, imborrable, pero el partido del Atleti, en términos conceptuales, fue una mentira en el plano futbolístico y, sobre todo, en el plano competitivo.

No me gusta que mi equipo pierda, pero si hay algo que me molesta sobremanera es que mi equipo no compita. Durante setenta minutos, los que fueron desde el diez hasta el ochenta, el Atleti anduvo persiguiendo sombras olvidando que, para defender, hay que meter el pie, el cuerpo y hasta la cabeza. Intensidad, lo llaman. Fueron muchos los que loaron al Barça por su juego, pero cada vez que un futbolista del Barcelona recibía, no tenía encima a nadie y podía pensar qué pase era el idóneo. Ahora mismo, me da por creer que al Atleti le filtra pases entre líneas hasta el equipo de mi pueblo.

Pero claro, al calor del resultado, la euforia se desata y los más optimistas ya miran al derbi como si jugando así se le pudiese ganar a cualquiera. La mentira del resultado no debe esconder la verdad del juego y es que el Atleti, ayer, hizo un partido de mierda.

martes, 7 de enero de 2020

El Messi de los porteros

Que el mejor jugador del Atleti sea su portero no es algo que deba avergonzar ni al equipo ni a la afición. Es bueno tener al mejor del mundo en su posición y con ello ocurre que, en partidos ajustados como los del sábado, una mano salvadora es capaz de salvar dos puntos y permitirse seguir soñando con hazañas mayores.

Lo realmente engañoso es que te hagan creer que el Atleti haya ganado sólo y exclusivamente gracias a su portero. El Atleti, cierto es, hizo un partido bastante regular ante el Levante, pero hasta las dos paradas de rigor, ya en el tramo final, apenas había pasado dificultades en el plano defensivo. Y cuando las pasó, que fue de panera esporádica y casi excepcional, apareció su portero. Porque sí, porque juega con once, el de los guantes incluídos y este resulta que es el mejor del mundo. El Messi de los porteros.

Por ello no debería preocuparnos el que nuestro portero haga su trabajo como el mejor que es. Lo que debería preocuparnos es que el equipo, después de salir a por el gol, después de arrear para sobreponerse al empate, después de creer en la victoria durante un rato de firmeza, volviese a la nada, al verlas venir, a jugar a la ruleta rusa. Y claro, nuestra bala en la recámara no está en nuestra delantera sino en nuestra portería y muchas veces salimos vivos, pero esta no es manera de vivir.